La vivencia de la esencia del juego, parte I

Por Ignacio Moreno

Juego, sabiduría milenaria para el vínculo con los iguales, esencia de la cultura para compartir amor y alegría, para aprender a humanizar al otro, necesario espejo del yo.

 Juegos para vivir, sintiendo la existencia, creando y brindando la expresión de si, existiendo en armonía con todos, conectado con los impulsos fundamentales de la vida.

El juego es un misterio. Algo ha sido develado por la vía del conocimiento. Suele haber consenso en sus elementos constitutivos -aunque a veces  se aprecie cierto reduccionismo en ello-.  Destaca su condición de expresión de libertad, espontaneidad; con reglas, en general, definidas y relativas a tiempo, espacio y acciones. No se juega para algo -a pesar de las pretensiones de captarlo, en el modo pedagógico-, no se juega por una retribución -al contrario de los trabajos- si acaso, para poder vanagloriarse ante otros.

El juego es en esencia una actividad improductiva, aunque pueda -como suele hacerlo-  generar muchos beneficios. Hay una tensión que produce el juego, que es gozosa, pues se disipa en la acción, creando una sensación placentera. Está involucrado  también en ello su carácter incierto, el riesgo que implica. Y ¿por qué no?, el juego es alegría, goce diversión.

A veces es visto como manifestación del más puro espíritu de presente y de voluntad creadora o expresión del inconsciente, una expresión del juego como  representación  simbólica, regodeo de una relación con la realidad  ´como  si  fuera cierta´. Y corre el juego en una esfera diferente a la vida corriente. Se tiene conciencia de ello aunque la  entrega sea total. Podemos considerar que desde el jugar, se mimetiza la cultura, se facilita su asimilación -muchas veces vehiculizadas por los adultos y con toda su carga afectiva-, así como la asimilación de las experiencias emocionalmente difíciles.

El juego, aunque no exclusivo de la especie Homos Sapiens, se manifiesta más claramente en animales llamados superiores, en la escala filogenética. Diversas teorías han buscado una explicación funcional: pre-ejercicio, descarga de energía sobrante. A nivel ontogenético -en la propia especie- aparece inicialmente asociado al movimiento y al desarrollo y ejercitación  de los sentidos, lo que deviene en la fijación de invariantes funcionales. Piaget destaca su presencia en las acciones reiteradas por  placer funcional que devienen en el placer de ser causa, que además van buscando nuevos modos de hacer presencia, nuevas alternativas complejizadas. Progresivamente, va teniendo lugar el ejercicio  del juego simbólico, que sienta  las bases de poder vivir la realidad física sin tenerla presente, lo que da lugar luego a nuevos procesos cognitivos como las conceptualizaciones y el pensamiento lógico-matemático.Y por supuesto, el lenguaje.  El juego ayuda en todo ello.

Para Freud, el juego es la ocupación favorita y más intensa del niño, ya que le permite la transformación del displacer en placer, partiendo de su subjetividad y su peculiar manera de mirar al mundo. Expresaba Freud: “Todo niño que juega se conduce situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él, toma muy en serio su juego y dedica en él grandes afectos”.

La noción psicoanalítica sobre el juguete refiere que estos son para manipularlos, darles uso y construir representaciones inéditas de la realidad o simplemente construir una realidad. El juguete  es un mediador de las relaciones entre el niño y su mundo. El juguete: no se considera como tal hasta que un niño juega con él, cualquier objeto pueda serlo –una caja de cartón, una rama, una escoba–.

Desde la mirada de la socialización entre iguales, estos procesos preliminares del juego, resultan experiencias individuales, poco compartidas. Se habla del juego paralelo. Cabe destacar que es la mirada del adulto la que valida o anula esta posibilidad de jugar. Suele validar lo que el mercado ofrece como  productos para la diversión infantil categorizada en edades, objetivos y fórmulas replicadas en un mundo en el que millones de niños “juegan” con los mismos productos, estandarizando así el desarrollo y el modo de pensar. Podemos incluir allí las tablets, los ipads, que no son juguetes. Y además modifica la idea de relación con un juguete. Es una pantalla que propone pero con la que no se interactúa, con el juguete esto es clave, sin interacción no hay juguete.

Y si bien el aparato genera una satisfacción, esta no ha sido trabajada por el niño. Tablet funge más como una anestesia… y un adictivo.

Hay un preludio del juego social en las experiencias preescolares de las rondas infantiles.  Si bien los juegos precedentes se encontraban teñidos de cultura, acá se va develando otra trama que nos gusta ver como la crema de la cultura para inducir socialización: la cultura de lo social, de la relación humana. El desarrollo de la personalidad y de habilidades sociales se intensifica.

La ronda, por ejemplo, es ancestral, corresponde a un modo tribal, ceremonial, también al ejercicio instintivo del espíritu gregario. Lo cierto, es que convoca, porque necesitamos pertenecer, estar  en manada. Comienzan así los juegos de reglas.  Las reglas del Juego dan a la confusión un eje sobre el cual girar. A partir de este centro, que es común para todos los jugadores, cada quien puede lucir sus habilidades con seguridad. Allí se crece la personalidad, amparada en la justicia Y de pronto, lo que allí sucede, además de facilitarnos el estar juntos, es la excusa para la conformación de las demandas sociales:  tomar conciencia del otro, desarrollar empatía, respeto por las diferencias, esperar turnos, cambiar roles, brindar contención, recibir reconocimiento: el ser aceptado o rechazado y la conciencia de la imagen que los otros tienen de uno, celebrar la  expresión del otro, expresar el  sentir del grupo tomando  decisiones, resolver conflictos negociando  soluciones, mejorar las habilidades de comunicación, la autoaceptación y autoestima, la conciencia y colaboración en la integración: el sentido de pertenencia, cooperación y confianza. Y qué decir de la expresión emocional… Se transita una experiencia, amparada en la regla de juego, que permite que la persona en formación, deje de ser centro del mundo y descubra la solidaridad  y cooperación posibles. Descubrirse y compartir.

El niño y el juego van caminando juntos, disfrutando inicialmente el cuerpo y el movimiento, luego la magia, el encantamiento de lo posible, el lugar de la ficción, para arribar a los encuentros posibles donde la solidaridad, el lucir las habilidades del ser individual ante el grupo, el ponerse de acuerdo y desde allí construir un mundo ordenado en el que se participa con libertad y el goce de pertenecer, aumentando la conciencia del otro y de sí mismo.

El juego se ha preservado a través del tiempo porque tiene sentido, el mayor, es el de humanizar la socialización del hombre, nos sensibiliza a compartir y a vincularnos con los iguales, dando lo mejor de nosotros.

Cuando oímos hablar de juego, lo relacionamos inmediatamente con la Infancia. Esta vinculación es cierta y tiene que ver con el desarrollo de los potenciales del niño inherentes a la especie. Más, el juego no es sólo del niño, es parte de la condición humana en cualquier momento del ciclo vital, en el arco del tiempo en que transcurre la vida del hombre.

Los adultos estamos condicionados para ver una posición entre juego y trabajo -hoy día, ese modelo cede- de allí que se relega el juego a la infancia. Es importante tener una visión del juego como cosa seria, mucho más que una distracción propia de los momentos de ocio, para convertir lo serio en juego y el juego en cosa seria.

El juego se hace más trascendente cuando, transitado ese proceso evolutivo que parece acabar en el juego social estructurado, se internaliza una actitud que conecta con lo posible.  Ya va sucediendo en la relación con la conciencia de las reglas de los juegos: se transita un camino de aceptar las normas porque sí,  a la posibilidad de concertarlas -es una introducción a lo colaborativo-,  de evaluar en grupo, si son los acuerdos lo deseado como normativas, -es un paso del autoritarismo  a la democracia, que pasa velado en nuestra  conciencia  social. Y por supuesto, de autonomía-. Es el período llamado de jurisprudencia infantil, en donde a veces se consume más tiempo  discutiendo las reglas, que jugando.

Referir el jugar a la participación en actividades estructuradas conocidas, es insuficiente.  Señalábamos el emerger  de una posible actitud lúdica, más allá de la convención del juego estructurado.  Algo que nos conecta con el coraje de ser, el autodescubrimiento, también con la conciencia de  la potencia de la vinculación interhumana.  Es el juego como una búsqueda curiosa, inquieta, de alternativas. Es compartir el guiño de la búsqueda de lo posible. Una presencia ávida, palpitante, viva. La fuerza del impulso vital, el entusiasmo: expresión de ganas y libertad de ser. Entender que el juego no es solo una actividad de niños es comprender que se trata de una manifestación  vital del desarrollo del ser. Creatividad y Juego se nutren o brotan de la misma fuente: el despliegue de la espontaneidad y la libertad.

¿Podrá ser el juego una vía de auto-divinización de la vida humana,  un modo de a descubrir nuestros diversos ritmos interiores y potenciarlos? Es así el juego, cuando facilita la conexión con nuestros mejores potenciales.

 

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